Shamir Nazer

Combustión de largo aliento

Supongo que es muy romántico –stricto sensu– eso de prenderle fuego a las cosas. Uno se vuelve pirómano a la menor provocación y le prende fuego a los vicios y a los afectos con igual fervor; a las cosas que se detestan, pero también a las que se aman. A diario incineramos minutos y oportunidades a discreción, en un gesto de rebeldía contra el tiempo irreversible y furioso que nos aplasta. La combustión absoluta parece la vía más expedita para llegar al polvo del que hablaba Quevedo en su célebre "Amor constante más allá de la muerte". Se vive en la permanente tentación del fuego. A la vera de una lumbre que nos atrae –como el abismo– a caer dentro y quemarnos sin acaso consumirnos. Por eso le prendemos fuego al Cielo en las canciones. Por eso las escuchamos. Quemar el Cielo es el grado último de la ruptura y la renuncia. El subtexto de una pasión como esa podría ser: no queremos el Cielo, queremos la Tierra. Ultimadamadremente. La Tierra. Una ruptura, no únicamente con la promesa de una vida ulterior –el paraíso–, sino una ruptura también con el pasado y todo lo que en él se acumula. A lo que Alejandro de Macedonia se refería con aquello de “quememos las naves” al llegar a las costas fenicias, era en realidad a “quememos el regreso”. Una lógica similar –una lógica del amante– debe operarse en los entusiastas del cigarro. De tal modo que esto de quemar continua y metafóricamente las cosas, también signifique: de entre el futuro y el pasado, ninguno: queremos el presente. Hic et nunc, sólo eso y no más.

Texto inspirado en "Heaven's on fire" de The Radio Dept.

Shamir Nazer