Ana Basilio

La hora de los peces

A David Meza 

III

Un día o dos, y se secó el pasto, pero no hicimos nada al respecto. Las gotas del aire nos obligaron a los tres a dormir en un solo cuarto, donde todo era funcional. Los baños presentaron problemas. Durante ese tiempo aprendí a olfatear, pude oler la casa. Ella se enfermó poco a poco; cuando huyó el verde del pasto ya no hizo nada por levantarse. Es cierto que estaba condenado, sin embargo, me causaba ansiedad porque yo no sabía cuánto era suficiente al darle agua para beber.

 Suficiente es la palabra clave en las historias miserables que conozco. 

No sabía hasta donde permitir ciertas cosas o no quería aceptar que lo sabía, simplemente para ver cómo llegaba la muerte. Quería aprender sobre matar dejando morir. Tenía la curiosidad desde que descubrí que la omisión de un acto también es una acción.  

II

Era jueves y el olor de la fruta se volvió más grande que el refrigerador. Semanas después él ya no me aceptaba nada. Me empeñé en hacerlo funcionar. Un día ya no quiso levantarse de la cama. Daba vueltas y abría la ventana para hacerse llover. Juré ser más cuidadosa con sus huesos. A partir de ello, cada vez que iba al súper recalcaba mis ojos en las fechas de caducidad, elegía la fecha más larga. Aún con esta consigna toda la comida se volvió más pequeña que el refrigerador. Con el tiempo confieso que deseé volverme plátano y rebelarme fácilmente, ser parte del frío. Morir ahí dentro, donde sin meterme estaba. 

Moví los muebles para que se alegraran con los rayos del sol que entraban a veces por la ventana. Repasaba con cloro cada esquina de la casa.

No sé cuánto tiempo pasó entre la caducidad y la huida del verde, simplemente un día llegué y otros colores habían entrado; teníamos café, amarillos, negro, y además de eso otras plantas que jamás fueron invitadas. El pasto estaba cediendo vida a la hierba seca del campo.  

I

Mi niña tomaba fuerza para jalar los dos metros de manguera, quería salvar la uniformidad del color. Ella tenía tres años y daba resucitaciones. 

Siempre supe que las cosas no mejorarían. En los últimos de los supuestos últimos octubres, mi piso se levantó. Era media noche. Creí oír un disparo en mi cabeza. Sentí el disparo, Leonor. Al abrir los ojos incluí la certeza del espacio; me sentí invadida. La cama se despertó primero. Tomé la mano del silencio para esperar un ataque. El estruendo volvió. Las brujas reían al verme azul ante la ausencia de mi vida. Me tomé para abrir las puertas. Miré al piso. No había más que grietas en un suelo blanco, no había más que líneas en mi mente en blanco. El blanco perfecto: mi nombre.

V

Siempre era de noche en la sala de las paredes blancas. Casa mía, cuerpo de Dios. Los meses, las horas, los años y los días hacían el amor todas las noches. Era inevitable oír, mi decisión ver, tenebroso ya no poder distinguir entre uno y otro. Conservo la sensación tenebrosa de no poder distinguir entre los cuerpos. Conservo la sensación tenebrosa de olvidar que soy un cuerpo. 

Conservo la sensación tenebrosa de no poder distinguir entre los cuerpos. Conservo la sensación temblorosa de no querer distinguir entre los cuerpos. Conservo la obsesión tenebrosa de no poder ser un cuerpo. Conservo la sensación tenebrosa de no poder distinguir entre mi cuerpo. 

VI

Un buen día en la noche, no supe cuántas noches, oí llorar el rostro enfermo. 

Todas las luces de la planta baja estaban apagadas. Bajé por agua. Todo estaba encendido, como un reflejo voraz de vida fuera de mi cabeza. Me quedé quieta, absolutamente inmóvil. Oí claramente cómo las sillas eran arrastradas, cómo chocaban los vasos entre sí. (Siempre tendré miedo de que se tire el agua) Uñas rozaban mis figuras de porcelana. Yo hice un ruido con la boca. Dentro de mí rogaba porque fueran ratas, por ahí, niñas traviesas moviendo los juguetes. Los ruidos cesaron unos segundos. Me quedé inmóvil una vez más. Los ruidos volvieron. No eran ratas. Lloré y el silencio me soltó. Me solté. Los ruidos se detuvieron. Alguna parte del piso se levantó. Todo era mentira menos el disparo. Mi nombre. Abrí mi recámara. Abrí el cielo. Todo se había ido detrás de ti. 

IV

Desperté muchos días bajo el agua. La vida quería parecerme a él.  Ya era común aludir a la luz, al oxígeno. El estado de ceguera es lo más amable que pueden ofrecerte cuando todo a tu alrededor no se ha caído porque sostienes la punta del hilo. Siempre supe lo que perdería para perderlo debajo del bosque.

Moví de nuevo todos los muebles. La estufa se cortó las venas. La estufa se quemó sola. La estufa se abrió demasiado. Ese día me quedé dormida. Desperté sin saber cuántos años habían sucedido entre nosotros. Dormí con la lengua de la serpiente trazándome los ojos. Dormí con la serpiente volviéndose mis venas. Olvidé todos los movimientos que mi madre me enseñó cuando era un bebé. En mi mente no eran las tres de la tarde, era de noche. En esta sala aún es de noche. La estufa me llamaba innecesaria. Creí que todo era un sueño. Todo será real en un sueño. La estufa me lo dijo.  Ninguna de las personas que la visitaron pudieron decirme que fue lo que la hizo irse. ¿Quién quiere verse derrotado una y otra vez?  ¿Quién quiere fracasar una y otra vez? ¿Quién demonios quiere divorciarse una y otra y otra vez? Desperté después de cinco años con el gas inundando la casa. 

“Todo tiene solución menos la muerte” decía mi madre, pero olvidé un detalle en la oración; que la palabra “todo” pertenece a la materialidad de las personas. Pero entonces, ¿qué era la estufa, el librero, los baños, el refrigerador…? 

VII

Ensanchar los pulmones para que se llenen de crayolas. Respirar el humo. Ver cómo todo se derrumba. Intentar ser la fantasía de un cobarde. Poner cara de banqueta. Soñar con saber volvernos montaña sin irnos de bruces. Perpetuar las cuentas de la sal.  Brincar debajo de la sombra. Brincar mil veces hasta que la noche vuelva a postrarse noche y a decir su nombre. Ver cómo todo se derrumba. Llamarse epicentro y no saber caer. Esa noche me escupió mientras dormía porque no supe ser un ser, o una tierra de campo llena de pasto verde. Esa noche arrancó todas las hojas plastificadas. Esa noche desee que llamaran mi nombre, pero todos callaron. Conocí la contractura de mis creencias cuando me tiró al piso. Relámpago de San Bernardo, las estrellas se mueven debajo del mar y encima de incontables girasoles. El terremoto es la voz de cuarenta y cinco mil dioses que dormirán en el desierto. Madre del miedo. Descansa amor de mi vida porque ahora me toca mancharme las uñas. ¿Por qué he de alojar vida si me bautizaste como Nada? Abrir las piernas para que salga la muerte y tenga cara de niño. Mi niño abre la boca. Él es tan Nadie como yo, pero quepo en su único suspiro. Quepo en el suspiro de mi niño y me desmayo como la sangre. Mi niño llama a su hermana. Trae una torre de caricias. Los sentí como un amanecer naranja. Quien viera, quien viera al que juega que juega alrededor de nosotros. Esperan, en la noche aguardan el momento, mi momento ad irin jobaich ad irin dei dei arehi yah.

IX

No amo las rosas. No son mis flores favoritas. Las rosas tienen algo que siempre deseo; aún sigo adivinando qué es. Reconozco su peligro. Mi deseo hace que el espinazo sea orgullo de sangre. Pinchazo de ego. Romperse la piel.

El afán cayó sobre mí como martes de agosto. Me lo repito ahora que estamos reunidos, llorándole. 

Ana Basilio